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43 años de Constitución

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Julio Astudillo, portavoz en la Comisión de Hacienda y Finanzas de las Juntas Generales de Gipuzkoa

Es un honor para mí defender en este comentario la Constitución en sus cuarenta y tres años de vigencia Y, además, quiero señalar que siento un orgullo especial por haberme movilizado por el en 1978, en la campaña del referéndum, como miembro de las Juventudes Socialistas, junto a queridos compañeros y compañeras.

La Constitución significó la recuperación de la libertad tras cuarenta años de dictadura, y estableció el marco adecuado para la consolidación definitiva y el continuo perfeccionamiento de la democracia, por medio de los valores superiores en los que se asentó, en los derechos y deberes fundamentales que reconoció, en los Poderes del Estado que instituyó y en la organización territorial que diseñó reconociendo el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones.

El 6 de diciembre de 1978 se cerró definitivamente la etapa de la dictadura y se instituyó un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Es innegable que la vigencia durante cuarenta años de la Constitución ha dado a España y a Euskadi una época de bienestar y progreso que no se había conocido a lo largo de nuestros dos siglos de historia constitucional.

El Partido Socialista Obrero Español se esforzó para hacer viable el proyecto constitucional haciendo importantes aportaciones para establecer un cuadro de derechos y libertades fundamentales y unos valores, principios rectores e instituciones de igualdad y solidaridad propios de lo que Fernando de los Ríos llamaba “constitucionalismo social”.

En aras del consenso renunciamos a una serie de principios y valores muy queridos que formaban parte de nuestro programa político histórico. Entre estas renuncias podemos señalar la República, la escuela laica y única y la aconfesionalidad plena del Estado.

En algunas mantuvimos un voto particular, como en el caso de la República, excelentemente defendido por Luis Gómez Llorente, pero abandonamos el tema cuando perdimos la votación en la Comisión Constitucional.

El resultado fue una Constitución de consenso, surgida de un equilibrado pacto de convivencia social, que defendimos en su día y defendemos hoy. Una Constitución socialmente avanzada en la línea de las Constituciones que en Europa se aprobaron tras la Segunda Guerra Mundial, en particular la Ley Fundamental de Bonn, la Constitución italiana o la portuguesa.

 La Constitución no instituyó un Estado centralizado, puesto que reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones y la solidaridad entre todas ellas, lo que, a nuestro juicio configura una “nación de naciones”.

Junto a ello, debemos añadir, la cláusula de garantía de la foralidad recogida en la Disposición Adicional Primera.

En base a estos preceptos, Euskadi ha alcanzado las más altas cotas de autogobierno, que han servido para garantizar el progreso y el bienestar de la ciudadanía vasca.

Euskadi se dotó de un Estatuto de Autonomía que ha consolidado un sistema de autogobierno cuya fuente directa es la Constitución. Por eso, quienes desde el nacionalismo intentan deslegitimar la Constitución, cometen un grave error, ya que a la vez se estaría deslegitimando las instituciones de nuestro autogobierno que, como digo, tienen su anclaje en la Constitución.

Las Constituciones, también la de 1978, nacen siempre con vocación de continuidad y permanencia. El progreso de las sociedades requiere de la seguridad y confianza que sólo los países institucionalmente estables son capaces de proyectar.

Ninguna sociedad madura pone en duda la vigencia de sus valores fundamentales.

Sin embargo, los textos constitucionales no pueden pretender ser definitivos, ni aspirar a permanecer intangibles, si se quiere que continúen sirviendo con fidelidad a los objetivos que se han marcado desde su origen. Las generaciones posteriores a la constituyente tienen también el derecho de revisar sus formulaciones, manteniendo el hilo de continuidad que reside en sus valores, en sus principios y en sus opciones fundamentales.

Desde esta perspectiva, entiendo que es preciso reformar la Constitución, una reforma que debe orientarse al modelo de Estado federal, ya que sería la mejor forma de articular el poder político en el ámbito del autogobierno, de nuestro compromiso con una España más equitativa y solidaria, y con una Europa social y políticamente más cohesionada.

Una reforma que garantice un autogobierno amplio, sólido y profundo, y que blinde los derechos sociales, y garantice la paz política.

En cualquier caso, quiero señalar, que los socialistas, por razones históricas, no somos fervientes ni defensores militantes de la Monarquía. Nuestro corazón está con la República. Pero ello no nos impide defender la Constitución en su conjunto, incluida la forma política de la Monarquía parlamentaria que instituye en su artículo 1.º 2, con absoluta lealtad institucional entre otras cosas porque muchos de los valores republicanos se encuentran recogidos en la Constitución.

Escrito por Julio Astudillo Rodrigo